viernes, octubre 2

..OtrO díA MáS..


…Cierra los ojos y se encuentra.
El cansancio asoma y empieza a pesar.
El mundo que la envuelve dejó de existir por un segundo y entonces, es sólo ella.
Se recuesta sobre el respaldo y se deja tentar por el mecer del motor que la lleva.
Su espalda se lo agradece. ¡Cómo le gustaría estar descalza!
Como todos, el día fue otro al que trazó mentalmente, no bien la despertó la música. Dice que le cuesta. Lo recalca a gritos. Pero siempre se deja llevar, y eso no está mal.
No es regalarle las riendas a otro, sino compartirlas para andar juntos.
Es ella ahora, en la oscuridad más ciega que el negro puro.
Es ella frente al papel; ella en explosión de risas y en el calor de abrazos que todavía están frescos. Es ella bajo el sol, bajo las sábanas de camas compartidas, bajo el agua caliente que limpia el polvo de su piel sin borrar huellas.
El ella en melodías que la calman; frente a miradas que la encuentran extraña, a otras que por poco la descubren, y a unas pocas que siempre le devuelven su más genuino reflejo.
Es ella en ideas que la recorren hasta tomar forma en la voz de otros.
Ella y su sendero.
La noche de la ciudad vuelve a correrla del centro.
Sí que es pesada la mochila del cansancio. Pero qué rico huele…

jueves, septiembre 24


La incertidumbre le va ganando la batalla al miedo. Poco a poco, el miedo desaparece, pero la sensación no es mejor.
Bucea y bucea entre recuerdos, entre momentos resguardados dentro suyo.
Ríe cuando desempolva algunos de ellos; otros le rasguñan la piel del alma y eso le duele un poco. Aguanta. Continúa.
Y hay quienes la escuchan en sus intentos de poner en palabras todo eso que se le abarrota en los bronquios y no deja que el oxígeno pase, y no la entienden.
Le dicen que está estancada, que no se anima a dar un paso más.
Reflexiona hasta en sueños.
Se habla a sí misma, se piensa y se reformula.
Despierta de a ratos y descarga angustia en besos.
Cambia de a horas.
Por momentos pisa el acelerador y la velocidad la marea. Tan rápido va, que se choca con todos y con todo. Intenta remontar vuelo sin éxito. La brea de la calle le pegotea la suela de los zapatos y la retiene.
Entonces, se arrodilla en el suelo y gatea. Se arrastra como un caracol, y al menor contacto con el mundo se enrolla sobre sí hasta meterse dentro de su coraza. Nadie puede molestarla en su cueva de verdades que son mentiras. Y la calle se vuelve inmensa.
Qué, si no sale cómo lo esperabas. Qué, si probaste y no te gustó. Qué, si probaste y no les gustó. Qué si das ese maldito paso más. Pedís a gritos poder escapar de la protección, pero ni siquiera sos capaz de correr ni un mínimo riesgo. Ni el más minimísimo de todos: ser.
Reflexiona entre sueños.
Se habla, se piensa y se reformula.
Despierta de a ratos y cura su angustia con besos.

miércoles, agosto 26

Del barr(i)o a la ciudad


Los únicos que pueden hablar de pobreza son los que tienen metidos los pies en el barro
Padre francisco -- Isla Maciel

Ahí estaban. Hombres, mujeres y niños de barr(i)o. Desperdigados por la ancha Avenida de Mayo, intentaban abrir la trajeada tarde del oficinista microcentro porteño a fuerza de sus “desocupados” pantalones de joggin, termo bajo el brazo y migajas de tortas fritas compartidas entre decenas de bocas.

Había que verlos mirar tanta corbata y cartera. Había que ver, para creer, la brutal indiferencia con que esas sedas y esos cueros devolvían aquellas miradas. Había que ver todo aquello para entender cuánto puede asustar lo oscuro. Aquello que se ennegrece hasta convertirse en sombra de tanto pisar el barr(i)o húmedo, el lodo que el agua del riacho contaminado o de los caños instalados a golpe y porrazo fabrica al rozarse con la tierra que invade hasta las partículas de aire que se respira. Son sombras. Sombras que amenazan con lo posible, con lo que está al acecho de manera permanente.

Dedos de manos blancas, limpias, acariciaban corbatas de seda y carteras de cuero que (por suerte) colgaban de cuellos y hombros a modo de salvación. Las tranquilizaban ante tanta amenaza.

Ahí estaban ellos, pues, inundándolo todo de barr(i)o viviente. Queriendo pisar con fuerza “la calle que no es de ellos solamente. Porque hay que hacerles entender a los que miran desde arriba que la calle es del pueblo”, escupieron los parlantes desde acoplado de un camión que aquella tarde fue escenario improvisado. La calle es de(l) barr(i)o.

Y ahí estuvieron por un par de horas, transformando esa calle en canal de difusión para poner delante de los ojos de las distnguidas corbatas y las coquetas carteras de cuero la realidad de barr(i)o. Su realidad. Una hecha de carencias, de huecos, de sangre que hierve hasta calcinar en verano y hiela hasta congelarse en invierno. De mosquitos, basura y goteras. De falta de pupitres y consultorios médicos.

Eso hicieron los de pies enfangados de barr(i)o. Invitaron a conocer lo suyo, a compartirlo aunque sea a través de palabras de aire. Recibieron silencio e indiferencia. Una nada tan dura como la piedra de esa calle oficinista que no es ni desocupada, ni sucia, ni negra. No es de barr(i)o.

“Qué ganas de romper las pelotas que tiene la gente”, se escuchó a una cartera blasfemar indignada. Y el barr(i)o volvió al barr(i)o.

jueves, agosto 13

..cOmIenZo SiN fiN..


....“Todo pudo haber sido distinto”....
La puerta se había cerrado hacía rato frente a su nariz colorada del frío, generando un eco en el sonido de las palabras que salieron de la boca de él. Hacía rato también que ella ya no estaba frente a la madera oscura que tantas veces se había cerrado tras dejarla pasar.
Las escuchaba aún retumbar. Y acariciaba el vidrio de la ventanilla del tren como si pudiera acariciarlas. Hubiera jurado que las tuvo entre sus manos, y que entre ellas se escurrieron. Eran tan suaves como la piel del rostro de Joaquín. Habían pasado un par de años, nomás. Pero tanto le sirvieron a él para crecer, que Violeta no pudo más que enmudecer al verlo. La madurez de un hombre construyéndose podía leerse en esos ojos transparentes como la miel que le daba tono.
¿Dónde iría ahora? ¿Qué otra puerta tocar? Había varias, aunque todas demandaban la misma fuerza de espíritu que en ese momento Violeta no tenía.
Maldijo a Joaquín por su tozudez, por su rencor, pero más que nada lo maldijo por saber que tenía la razón en sostener todas aquellas actitudes. Siempre odió que tuviera la razón, aunque ese detalle haya sido uno de los que la empujó a sus brazos, bajando la guardia por completo.
Necesitaba mirarlo y que esta vez no sólo hablarle con el alma. Bajar al mundo de los humanos, ese que siempre se negaron a habitar cuando estaban juntos, y usar la voz y las palabras. Había perdido todo y vuelto a recobrarlo. Y había sobrevivido a todo, menos a su falta. Necesitaba contarle las veces que pensó en rogarle que apostara a la huida con ella, y los motivos que la obligaron a callar. La inseguridad de no ser suficiente todo para nadie.
Pero se encontró con esa misma puerta de madera oscura.
Nunca esperó que la recibiera con muecas de felicidad. Simplemente aguardaba, esperanzada, que la rendija que estaba abierta el último día que lo vio siguiese abierta y por allí pudiera escabullirse para explicar, contar, compartir y ofrecerle su vida de nuevo.
No sabía tampoco lo que la esperaba en casa. Enojos, seguro. Abrazos con sabor a nostalgias. Miradas de re-conocimiento, Las cicatrices seguían tan marcadas como siempre y no sería difícil volver a abrir las heridas. Se sabía distinta y eso la avergonzaba un poco. Era prácticamente imposible volver a ser la violeta de aquellos días.
Cayó en la cuenta de que era sólo vidrio lo que sus dedos rozaban desde el interior del vagón del ex Roca, que seguía tan acogedoramente roto como el día que se lo tomó sin boleto de vuelta, justo cuando una lágrima se volcó sobre su antebrazo. Corrió la imagen de Joaquín a un costado de sus retinas y enfocó la vista en el afuera. No reconoció el paisaje. Se había pasado varias estaciones. O quizá no se animó a bajar. Y siguió.
Se secó la mejilla y se paró bien pegada a la puerta, como para que el viento frío congelara la tristeza hasta hacerla desaparecer. Esa maldita angustia que ni las montañas, ni cielos furiosamente azules ni mares de templadas esmeraldas supieron arrebatarle de la mochila.
Esas sensaciones oscuras de sentir todo en vano; de mirar atrás y no encontrar más que recuerdos borrosos, ilegibles. Ese temblor que la invadía cada vez que intentaba en futuro, como si la tierra se partiera al medio en el mismo punto en donde estaba parada, dispuesta a tragarla de un bocado.
Frenó el desliz del vagón sobre las vías. Se abrieron las puertas y sus botas color rojo gastado pisaron, una tras otra, tras otra, tras otra, el cemento curtido del andén para empezar de nuevo sin haber terminado nada de nada.